miércoles, 6 de septiembre de 2017

Principios de la teoría realista de la política internacional. Una reflexión de la obra de Morgenthau

Por Cecilia Restrepo Neira.
Estudiante de la Maestría en Estudios Sociales y Políticos de la Universidad Icesi

En el presente texto, realizo una descripción de los 6 principios que plantea el texto de Morgenthau (1986) Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz, acerca de la teoría realista. Posteriormente, identifico cómo se puede establecer una reciprocidad con algunos aspectos, respecto al planteamiento del texto de Celestino Arenal (1981) La génesis de las relaciones internacionales como disciplina científica.

Es importante destacar que Morgenthau es reconocido como el fundador de la escuela realista en las Relaciones Internacionales a mediados del siglo XX. En su texto, se hace evidente su pensamiento respecto a una política internacional basada en el poder, relaciones de tensión entre Estados, y si se quiere, entre individuos corriendo, con el riesgo que se solapen intereses personales, aludiendo así a una concepción de moral universal.

A continuación, se describen los 6 principios planteados desde la teoría realista de la política internacional:

1. La Racionalidad y la universalidad de las leyes: el realismo político supone que la política, al igual que la sociedad, debe obedecer a leyes objetivas que prevalecen en la naturaleza humana. De acuerdo a este principio, en términos de la política, es necesario separar la verdad de la opinión y es importante tener en cuenta que verificar los hechos no es suficiente para comprobar la realidad de los mismos y sus consecuencias. De esta manera, los hechos de la teoría internacional cobran sentido teórico.

2. El poder como un rasgo fundamental del concepto de interés: el interés definido en términos de poder, traza un camino para la política internacional e infunde un orden a la esencia de la misma. En este principio se hace evidente la articulación entre los hechos y la razón, haciendo énfasis en lo racional, en lo objetivo y no en lo emocional. Es decir, debe haber una distinción entre los intereses personales y el deber oficial de la política siguiendo la pretensión de distinguir entre la política y el político.

3. El interés en el poder como categoría: se legitima que el realismo asume el concepto de poder como elemento fundamental del concepto de interés, y entiende que este concepto es válido universalmente como categoría objetiva.

4. Tensión entre la moral y la política: el realismo político manifiesta tener conciencia de los preceptos morales que se encuentran en la acción política, y la tensión que se presenta entre éstos y la eficacia de la acción política. El juicio que se establezca de la acción política debe hacerse desde la mirada de una moral universal a la luz de los principios morales universales, puesto que un individuo puede exigir justicia, aunque el mundo perezca como lo indica el aforismo usado en el texto, y cada uno tiene una idea de lo implica dicha exigencia. Sin embargo, el Estado no tiene derecho a decir lo mismo, en nombre de quienes tiene bajo su cuenta. Un individuo puede sacrificarse así mismo, pero el Estado no puede interferir en la acción política de esta manera, por tanto, el realismo político considera la prudencia como la suprema virtud en política, puesto que le permite reconocer que no tiene el control total y debe llegar a acuerdos para mantener o alcanzar el poder.

5. Las ideas morales: en este principio, el realismo político se niega a dar un valor excelso a las pretensiones morales de una nación. Es decir, que no justifica que en nombre de la moral o de ideales morales, se ejecuten destrucciones de naciones y civilizaciones, y en este sentido establece una diferencia entre verdad y opinión, asimismo, como discrimina entre verdad e idolatría. Este principio destaca nuevamente la importancia del interés en términos de poder, como el concepto que nos pone a salvo de los excesos de la moral.

6. La autonomía: de este principio, es posible destacar 4 aspectos que, a mi juicio, son relevantes:

6.1. La concepción pluralista del realismo político: el realismo político reconoce al hombre como un sujeto económico, político, moral y religioso que converge en uno mismo como la combinación de diversas proyecciones humanas. Puesto que no tendría sentido un hombre que solo se encaminará hacia una proyección, el autor menciona que, por ejemplo, un hombre con una solo proyección política sería como una bestia, porque carecería de la proyección moral y no sería posible que tuviera control sobre su comportamiento.

6.2. La defensa por la autonomía: el realismo político mantiene la autonomía de su esfera política, pensando en el interés desde la concepción del poder.

6.3. La aceptación de la divergencia de pensamiento: acepta la existencia de otros parámetros de pensamiento diferentes a los parámetros políticos; sin embargo, tiene claro que no someterá dichos parámetros a los políticos.

6.4. El distanciamiento del realismo político de la aproximación legalista-moralista a la política internacional: el realismo político se aleja de otras escuelas de pensamiento, cuando propone una imposición de sus parámetros de pensamiento sobre la esfera política.

Cabe mencionar que el texto de Arenal y el texto de Morgenthau, convergen en un debate importante acerca de las relaciones de poder establecidas por los Estados, en la búsqueda de un equilibrio entre los extremos, representados en los conceptos claves: la guerra y la paz. Lo que en suma, genera una serie de conflictos y tensiones de todo tipo. Dicho equilibrio de poder, se convierte entonces en un actor fundamental de las relaciones internacionales, lo que implica que entre más grande y fuerte es el Estado mayor será su protagonismo. Las formas de posicionar el poder pueden adoptar un performance de violencia ocasionando guerras o también puede tomar vías diplomáticas. Es decir, la presencia de las negociaciones, acuerdos, entre otros, en búsqueda de (re)establecer un equilibrio, generando condiciones de paz, seguridad y orden, ya que la guerra amenazaría dicho equilibrio.

Por otra parte, para la comprensión de las dinámicas sociales del contexto internacional, es importante desde la perspectiva de las Relaciones Internacionales como una disciplina en interacción con otras áreas de conocimiento. En este sentido, desde el principio de autonomía, Morgenthau plantea la aceptación de la existencia de otras formas de pensamiento, lo que fortalece a las relaciones internacionales en su carácter científico y como una disciplina autónoma.

En este mismo sentido, plantea que las relaciones internacionales están representadas por esferas autónomas de acción, que para ser comprendidas dependían de un modelo teórico específico para la política internacional. En consecuencia, esto llevaría un cambio importante que impulsaría el desarrollo de la disciplina, teniendo como punto de partida la creación de un nuevo modelo teórico: el realismo político, Realpolitik. Asimismo, Arenal (1981) plantea: “El desarrollo de las relaciones internacionales como ciencia autónoma se inserta igualmente en esa dinámica que señalamos, configurándose como ciencia de la sociedad internacional, que busca superar planteamientos ya insuficientes y dar respuesta a los complejos problemas internacionales” (pág. 881).

De acuerdo a lo anterior, y siguiendo a Arenal, en la medida en que se requiera llenar un vacío de conocimiento acerca de los aportes y análisis sobre el poder, realizados desde otras ciencias sociales, se valida la importancia de la transdisciplinariedad para abordar y profundizar en las dinámicas de la sociedad internacional y de la política internacional.

Referencias Bibliográficas
Arenal, C. D. E. L. (1981). La génesis de las relaciones internacionales como disciplina científica, 2, 849–892.

Morgenthau, Hans Joachim (1986). Principios de la teoría realista de la política internacional tomado del texto de Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz. 11-25

Cuando la raza importa por el racismo

Por Lina Jaramillo.
Politóloga e Innovadora social en formación. Parte del equipo del Centro de Estudios Afrodiaspóricos de la Universidad Icesi.

Debo decir que me encantan los lugares públicos en los que puedo escuchar conversaciones ajenas. No me enorgullece hacerlo, pero en mi cabeza lo pienso como un ejercicio de etnografía cotidiana para entender el mundo. Es que los seres humanos somos complejos, llenos de matices, cargamos con un pasado y a veces siento que no nos esmeramos por construir un mundo más sensato para el futuro. Estaba sentada en un café esperando a encontrarme con un amigo. Me senté en las mesitas de afuera del local para prender un cigarrillo. Entraron dos señoras de mediana edad con aspecto juvenil. Eran mujeres mestizas (aunque seguro ellas se autodenominaban blancas), ambas emperifolladas de arriba abajo, con carteras de marca de quinta avenida que apuesto compraron en el barrio chino de Nueva York. Una de ellas, estaba impaciente porque no las atendían, el café estaba lleno, quedaba en una zona concurrida del oeste de Cali. Entre las meseras, había una mujer joven afro, con trenzas largas y bien peinadas. Era una mujer guapa. Una de las mujeres, mestiza y con el cabello rubio, le decía a la otra mujer que le hacía señas a la mesera afro: -no, no llamemos a la negra. Llamemos a la que esta en la barra mejor-. La señora le preguntó que por qué no llamaban a la mujer afro que estaba más cerca de su mesa. Y esta le contesto: -ayyy, porque estoy aburrida de esos negros. Te acordás de María? La muchacha de servicio de mi mamá? Pues si vieras como me contestó el otro día que fui a la casa de mi mamá, sólo porque le dije que se acomodara bien ese pelo. Es que ya no se les puede decir nada. Para mí que los racistas, son ellos. No uno-. Apenas la señora cambio de tema, yo sentí un zumbido en la cabeza que no me dejaba seguir escuchando y quede absorta en mis pensamientos, esperando que mi amigo llegará pronto. Recordé la película de Sembène, La Noire de..., en donde Diouna, una mujer senegalesa llega a Francia con el sueño de una vida cosmopolita y termina trabajando como empleada doméstica para una familia rica francesa que arrebata su sueño y su dignidad.

No puedo decir que a mi me duele igual que a las personas afro escuchar este tipo de barbaridades. No puedo ser tan ingenua y decir que siento lo mismo que ellos porque no es verdad. Pero sí puedo rechazar completamente esta clase de afirmaciones de cualquiera que todavía no pueda entender que la raza importa debido al racismo, como lo expresa Chimamanda Ngozi Adichie en su novela Americanah: “La raza no es biología; es sociología. La raza no es genotipo; es fenotipo. La raza importa debido al racismo. Y el racismo es absurdo porque tiene que ver con el aspecto de uno. No con la sangre que corre por sus venas. Tiene que ver con el tono de piel y la forma de la nariz, y los rizos del pelo”. Debemos dejar de decir que son los “negros” los racistas. Es como si repitiéramos esa frase para justificar a nuestros antepasados, o a nosotros mismos que todavía cargamos con ese lenguaje racista implícito en nuestra cotidianidad. Me avergüenza decir “nosotros” pero debo reconocer que en ese nosotros se encierran mis antepasados que me convierten en una persona mestiza. Claro está que yo lucho por erradicar de mí ese pasado del cuál no me enorgullezco ni un poquito. Me cuesta entablar una conversación con alguien que me diga que el tema de la raza es muy complejo. Claro que lo es, pero no podemos ser tan conformistas y huir de él. Todos los postmodernillos de hoy afirman no ser racistas porque tienen un amigo afro, o simpatizan con Obama, como si eso cumpliera su cuota antirracista, pero no estarían cómodos teniendo, por ejemplo, un jefe afrodescendiente.

Cómo me gustaría que esas dos mujeres supieran cuánto daño hacen esos comentarios, sencillamente porque siguen reproduciendo prácticas racistas de nuestros antepasados. No puedo decir que no distinguimos el color de piel o el pelo afro. Claro que lo hacemos, no somos ciegos y la diferencia es evidente. Pero cuan importante sería apreciar esa diferencia, no desconocerla. Aunque seamos diferentes por nuestros rasgos físicos o color de piel, ahí está la belleza de la diferencia. Necesitamos ser conscientes de ello, y de que hoy debemos garantizar la libertad de todos y todas, a desarrollar nuestras capacidades en igualdad de condiciones. O ¿por qué asumieron los jefes de Diouna que ella no podía vestir bien y comprar vestidos finos al llegar a Francia? ¿Por qué la condenan a servir en su casa como si implícitamente el ser afro la convirtiera en empleada doméstica?

Yo llevo pequeñas luchas en contra de la discriminación todos los días, bien sea en medio de reflexiones en reuniones familiares, en donde enseño a decir afro en vez de negro, o en mi trabajo en el Centro de Estudios Afrodiaspóricos. La mayoría de mis colegas son afrodescendientes y yo entro en el grupo de mestizos que trabajamos en un centro que se dedica a los estudios de la diáspora africana. Es curioso que cuando entré a trabajar al CEAF, llamaron al decano de la Facultad a la que se adscribe el Centro, a decirle que por qué me habían contratado para trabajar aquí si yo no era afro. También algunas veces cuando trabajo en espacios en donde la mayoría de las personas son afrodescendientes, algunas de ellas me miren con desconfianza, como si mi color de piel me imposibilitara trabajar en el Centro, creyendo que yo no merezco estar ahí. Yo he ignorado esos comportamientos, esas miradas, aunque me duelan a veces, por mi reafirmación constante de lo importante que es trabajar en el CEAF. No puedo culpar esas miradas de desconfianza, cuando seguramente esas personas recibieron las mismas miradas o peores, de personas con mi color de piel. Simplemente es injusto, aunque tampoco crea que las merezco porque yo no soy mi pasado.

Debo decir que a pesar de estos desencuentros, necesitamos seguir luchando por la reivindicación de los y las afrodescendientes, contra el racismo, las desigualdades e injusticias sociales. Las conversaciones y comportamientos de señoras como las del café, que quitan valor a la lucha constante en contra del racismo, una lucha histórica que debe estar abanderada también por nosotros, los que no somos afro, los que vemos más allá de las diferencias, a esos comentarios que aniquilan el espíritu. A entender también de donde viene la desconfianza ocasional de algunas personas afro por personas como yo, porque es también una lucha, al menos personal, de rechazar a nuestros antepasados que tanto daño ocasionaron. Creo honestamente en que debemos enriquecer nuestro espíritu, a no creer que el trabajo ya está hecho y que el racismo es cosa del pasado.

Tendremos mejores resultados en la construcción del mundo que caminamos a diario si nos apoyamos y complementamos entre nuestras diferencias.


jueves, 31 de agosto de 2017

Los jóvenes: una cuestión difícil de explicar

Por Mary Dagua.

Son muchos los cambios que se han hecho a lo largo de la historia en cuanto a la etapa de la juventud en la vida de una persona. La educación es uno de los aspectos que ha sufrido mayores cambios a lo largo del paso del tiempo.

¿Son los jóvenes postmodernos precoces y menos educados? Pues bien la pregunta es bastante difícil de explicar, muchos pedagogos intentan solucionar la interrogante continua de ¿cómo educar a los jóvenes? Y con cada año pasado esta interrogante debe ser reformulada y reinventada. Pero no podemos dejarnos alcanzar en el tiempo, es un fenómeno que nunca se detiene y la educación le va de la mano en su continuo movimiento y cambio.

En el siglo XIX se vivía por y para el avance continuo, se terminaba la etapa de la juventud en una edad temprana con la consolidación del matrimonio. Pero era solo quienes fuesen de familias adineradas quienes podían soñar son una buena familia, una buena casa y formar su propio hogar dejando de lado el de la juventud. Luego en la segunda mitad del siglo XX esto cambio y los jóvenes empezaron a ser más revolucionarios y empezó la época de la meritocracia, la cual consistía en que cualquier joven de cualquier estatus social podía a acceder a una educación superior, con esto se lograba subir su nivel de intelectualidad y por ende al conseguir un mejor empleo con la ayuda de dicha educación se subía de estatus económico, todo lo anterior a punta de méritos de cada uno de los individuos.

Para llegar a la culminación de cada una de las etapas que se trazaban en el siglo XIX y el siglo XX se necesitaba de esfuerzo y educación, si bien son momentos de la historia diferentes, se puede entender que tenían varios factores en común en cuanto a los jóvenes y su concepto de evolución.

De nuevo cambio ese concepto en el siglo XXI. Algunos pedagogos afirman que la juventud postmoderna, como la denominan, ha dado un cambio drástico dejando de hacer su educación lineal y convirtiéndola en una circular, tal es el caso de Enrique Gil Calvo y Fernando Vásquez. Ellos afirman que esta nueva forma de aprender con un cambio de transiciones ha llevado a que se sueñe más y se haga menos. Se deja de lado el “gran esfuerzo” que requiere empezar y concluir una carrera universitaria para aventurarse en la ruleta rusa de los deportes, el modelaje, la música, el teatro y demás. Áreas en las cuales sobre salen unos pocos que o tienen los amigos correctos o habilidades majestuosas, como sería el caso de un deportista destacado.

Hace esto que una parte de mi pregunta inicial se responda. Cuan menos educados son los jóvenes de nuestra generación también depende de esos sueños y metas distantes que se tienen y se persiguen cada vez más. Pero no solo estos deseos, validos según mi convicción, sino también la tecnología y la educación circular de la que nos habla Fernando Vásquez han ayudado a que se disminuya el nivel de intelectualidad en los jóvenes. Al darse un deseo de consumir siempre lo mismo sin dejar que una cosa te lleve a otra más grande ha hecho que se desconozcan muchas facetas de la vida que los jóvenes sustituyen con experiencias que repiten una y otra vez.

Una de esas experiencias me lleva a responder la segunda parte de mi pregunta inicial. ¿Son los jóvenes posmodernos precoces? Y es que yo consideraría que sí lo son. Para citar el ejemplo más claro y que ocurre en nuestra sociedad colombiana con más concurrencia de lo que querríamos es el embarazo adolescente. Sin siquiera llegar a una edad en la cual se les puede considerar jóvenes ya se está teniendo la enorme responsabilidad de un embarazo, esto dejándonos muy claro que el sexo cada vez se practica en una edad más temprana, dejando de ser el premio mayor de la edad adulta a convertirse en el deseo pasional y momentáneo de la adolescencia.

Como inicie este artículo lo concluyo. Son innumerables los cambios que ha vivido el concepto de juventud a lo largo de la historia, pero a pesar de que algunos de esos cambios no son negativos si están aquellos que hacen que se pierda una evolución que se había conseguido con anterioridad, haciendo más difícil la educación y la concepción de lo que es en realidad un joven.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Es el turno de la danza respaldada por el Folclor colombiano

Por Angie Viviana Romero Alegría.

¿Qué pasaría si decidiéramos ser folclóricamente colombianos? A muchos esa pregunta les parecerá absurda, a otros tantos jocosa, y a unos pocos les generará inquietud. Esto en razón de que ninguno de ellos se siente identificado con el término folclor y, menos aún, con la expresión folclóricamente. Lo anterior puede explicarse por el hecho de que tales términos para la mayoría de las personas denotan algo carente de seriedad, complejidad o rigor intelectual. Sin embargo, en otros sentidos, hablar de lo folclórico implica hablar de una realidad cultural compleja, pues es, de alguna manera, el modo en que puede aparecer representada una sociedad por medio de diversas expresiones.

En el desarrollo de este escrito se describirán las bondades de la danza y la importancia de su rol en las manifestaciones folclóricas colombianas, las que aportan a la integración social y a la conservación de nuestras tradiciones e identidad cultural. Pues la danza, además de brindar beneficios corporales y sensoriales a quienes la practican, puede contribuir a la recuperación, divulgación y preservación de las raíces culturales de nuestra sociedad.

Antes de continuar, es importante conocer el significado del término folclor. Designado así por el Inglés William John Thoms, quien lo creó a partir de dos palabras: Folk, que significa pueblo y Lore, saber popular. Es decir, que el folclor abarca todo lo relacionado a las creencias, saberes, costumbres, ideologías, comportamientos y pensamientos de una comunidad, un pueblo, región o país. Es un referente diferenciador, pues permite exaltar las particularidades de cada cultura. El folclor es trasmitido entre generaciones, principalmente, por medio de la tradición oral, contribuyendo, de esta forma, a la preservación de la identidad colectiva a través del tiempo por medio de sus múltiples manifestaciones como la danza, la música, mitos, leyendas, bromatología, entre otros.

En la actualidad, es evidente que nuestras tradiciones y nuestras raíces folclóricas se han ido perdiendo, están siendo relegadas por la imposición de estándares socio-culturales extranjeros; pues se tiende a creer que imponer otros patrones culturales foráneos acelerará el desarrollo y el progreso de un país tan diverso en su cultura como Colombia. Esto les resulta razonable a unos cuantos, desde la idea de convertir a este país, algún día, en uno del “primer mundo”.

Este pensamiento ha promovido el desarraigo cultural, las disfuncionalidades de lo tradicional en lo cotidiano, y el olvido del valor de sus beneficios y sus riquezas. Hoy no sólo es bien visto, sino admirado, que un adolescente conozca ampliamente las tendencias musicales y coreográficas internacionales, antes que un bambuco, un pasillo, un currulao o una cumbia. Lo que puede ocasionar una distorsión de nuestra identidad, que cataloga a los referentes ajenos como lo único admirable. Referentes que pueden ocasionar la pérdida del sentido de pertenencia comunitaria, enajenación en lo foráneo, como el rechazo a las minoría culturales e intolerancia a sus múltiples creencias y valores.

Lo anterior ha sido expresado por Restrepo desde la perspectiva de la danza folclórica (2000: 97) y describe, muy bien, la falencia cultural hegemónica, sustentada en valores predominantemente europeizantes y anglosajones, de los modelos de representación social en Colombia. En contra de estos modelos Restrepo sostiene que: “la riqueza dancística Colombia es respetable y desconocida aún por nosotros mismos, porque tenemos un complejo de inferioridad; siempre hemos considerado que son estas formas menores y primitivas” (Martínez, 2005: 97).

Es comprensible que la afirmación de Restrepo se mantenga vigente, porque no es posible querer lo desconocido y mucho menos, cuidar lo que no es querido. Si no se le da valor a nuestras tradiciones y se continúan transmitiendo a las nuevas generaciones se seguirá menospreciando el aporte que éstas podrían ofrecerle a la Nación.

En relación con lo anterior, vale la pena citar a Splenger el cual afirma que: “la cultura es autenticidad y espontaneidad del alma; la civilización, en cambio, se constituye cuando la inteligencia reemplaza al alma; la técnica a la autenticidad. Por eso, cuando una cultura entra en su última fase por la creación de su civilización, comienza su decadencia” (Splenger, 1923).

Decadencia, un concepto cada vez más común, tan común que ha ido perdiendo su “acento” naturalmente alarmante. Ahora se necesita más que un término alarmante para tomar medidas frente a una situación que esté afectando un entorno. Factores como la carencia de identidad, la inseguridad que produce no sentirse parte de una comunidad, la falta de orgullo por pertenecer a ella y la ausencia de respeto por sus costumbres y tradiciones ya no se identifican como las consecuencias de esta grave crisis. No se contemplan tampoco las

implicaciones que tiene para los habitantes el creer que las tradiciones del lugar al que pertenecen, son inferiores y que, en este sentido, ellas nunca están a la par del progreso y el desarrollo de los países del “primer mundo”. Ocasionando desinterés por sus raíces, falta de identidad, rechazo por su cultura y como consecuencia, un ciudadano inconforme con su entorno.

Por todo esto, es tiempo de permitirle a la danza ejercer su rol como herramienta de cambio. Y posibilitarle su contribución a la trasformación de nuestra identidad, por medio del movimiento al ritmo de nuestro folclor. Generar experiencias que permitan que el ser humano logre reencontrarse consigo mismo por un momento, contemplar sus tradiciones, conocer sus orígenes, recordar quién es y qué tanto conserva de su versión original que ha sido expuesta a las exigencias socioculturales ajenas, a expectativas autoimpuestas, a situaciones adversas y al implacable paso del tiempo. Vivencias que le permitan sentirse folclóricamente colombiano, encontrando ese equilibrio que ayuda a apaciguar todo aquello que distorsiona la autoimagen y le dé un reconocimiento más auténtico de sí mismo.

La Danza puede ser un modo de reconocimiento de nuestro ser, de nuestra identidad. Un modo de propiciar una introspección. Pues ella logra reunir la música, las emociones, el movimiento, los sentidos y el corazón. “la Danza es la madre de las artes. La música y la poesía existen en el tiempo; la pintura y la escultura en el espacio. Pero la danza vive en el tiempo y en el espacio” (Martínez, 2005:96). Es ella, que al acoplarse con el ser puede generar momentos mágicos en los que cada paso se sentirá dado entre nubes, los movimientos fluirían como el mar, el aliento se convertirá en una ráfaga de viento y cada latido será tan fuerte que su vibración se convertirá en energía.

Fantásticamente, esa magia podrá multiplicarse exponencialmente, en relación a la cantidad de seres humanos que la vivencien y estén cohesionados por el común denominador del ritmo. Además estas experiencias permitirán, momentáneamente, sobrepasar diferencias usualmente limitantes entre las relaciones interpersonales como el género, la edad, la raza, la política y las diferencias ideologías. Generando en sus participantes una misma pasión, que les devuelva el orgullo de ser Colombianos.

De esta manera se deriva otra de las virtudes de la danza: propiciar el trabajo colectivo, que permite que la imaginación, la creatividad y la intención de trasmitir un mensaje sean canalizados y potencializados por el esfuerzo y la dedicación grupal, propiciando entornos que dan cabida a los más genuinos sentimientos interconectados, los que pueden contribuir a una mejora en la convivencia.

Y no se podría pasar por alto una las características más hermosas de la danza: su capacidad para adaptarse a cada corporalidad y habilidad en particular, ya que se aprecia como una expresión flexible ante los elementos de técnica y perfección, priorizando la libertad de expresión. Esto se traduce en autenticidad, componente fundamental para el sano desarrollo personal.

Reconocer la importancia que tiene la danza en el folclor colombiano, es fundamental para el desarrollo de nuestra identidad como país, porque su componente popular lo convierte en un promotor de inclusión social por naturaleza y uno de los mayores propulsores de nuestra idiosincrasia.

El folclor colombiano es como una lámpara mágica poseedora de historia, geografía, literatura, sociología, antropología, demografía, mitología, tradición, música, ritmo y fiesta; que sin necesidad de ser frotada, puede cobrar vida mediante la práctica de sus danzas llenas de sabor y disfrute, evocando así nuestras raíces.

Todo lo anterior me hace creer cada vez más en nuestras tradiciones, nuestras raíces y nuestra historia. Revivir nuestras costumbres y darles cabida en la actualidad, merece la pena intentarlo, al igual que reconocer a las bellas artes como una de las virtudes humanas más poderosas de transformación, gracias a la policromía de sus “lentes” para ver el mundo.

Finalmente, continúo depositando mi esperanza en las personas que nos dedicamos, con pasión y entrega, a ejercer el arte en sus múltiples formas, dejando en ellas su mejor versión para así aportar, desde su saber-hacer, a la construcción de un país mejor.

Referencias bibliográficas
Saco Álvarez, Alberto (2006). “El cambio social: definición, factores y agentes”. Sociología aplicada al Cambio Social. colombia: Ed. Andavira.

Spenser, Oswald (2011). La decadencia de Occidente. Ed. S.L.U. Espasa Libros. Barcelona.

Urtasun, Aliende Ana (2012). “Capitulo 1 Sociología y Cambio Social”. Para Comprender Las Transformaciones Sociales en el Mundo Contemporáneo. Ed. Verbo Divino.

Martínez Gilberto (2005). “La danza: una rápida visión histórica”. Danza Clásica y Tradicional Colombiana, Tomo II. Colombia: Ed. Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo.

martes, 2 de mayo de 2017

Las banderas no se venden

Columnista José Jairo Jaramillo | @josejairojarami
Integrante de la Organización de Jóvenes Liberales del Valle

Durante 77 años dirigentes libelares han ejercido la Presidencia de la República, lo que convierte al Partido Liberal en el partido que más tiempo ha ejercido el gobierno en nuestro país. Reconociendo aciertos históricos: la abolición de la esclavitud, la instauración de un Estado laico (separación de las funciones entre iglesia y Estado), las reformas agrarias de 1936 y 1961, el reconocimiento del derecho a la sindicalización y a los derechos laborales como la seguridad social, el contrato de trabajo y el salario mínimo, la creación de instituciones públicas como el Icbf, el Icfes, el Inderena (Ministerio de Ambiente a partir de 1993), Colciencias, Coldeportes, el Incoder (hoy Agencia Nacional de Tierras y Agencia de Desarrollo Rural) y Colcultura (desde 1997 Ministerio de Cultura). Fue en un gobierno liberal en el que se realizó el último proceso constituyente, aquel de 1991 (que nos entregó la Corte Constitucional, la Fiscalía, la tutela y el reconocimiento del derecho al libre desarrollo de la personalidad). Fueron las fuerzas liberales las que sacaron adelante el actual proceso de paz. Pero también habría que reconocer sus errores (por no decir horrores), como su participación en el periodo de la Violencia partidista y en fenómenos de corrupción como el “proceso 8.000” o la parapolítica.

La historia de nuestro país ha estado estrechamente vinculada al Partido Liberal, pues sus ideas y sus líderes han moldeado en diferentes momentos de nuestra vida republicana lo que es la Colombia actual. Su antigüedad no es sinónimo de viejo (en épocas en donde lo que prevalece en política es lo que se posesiona como lo novedoso, estilo Donald Trump) creo que se debe reivindicar el legado de una colectividad cuyas ideas han construido en gran parte lo que somos. Y es que, aunque tengamos mucho por mejorar como sociedad, y nos quejemos permanentemente o nos sintamos insatisfechos con el “status quo”, nadie puede desconocer que la Colombia de hoy es mucho mejor que la de hace 50 o 100 años (en todo sentido: cobertura en salud, en servicios públicos domiciliarios, en acceso a la educación, en alfabetización, en infraestructura, en generación de empleo, en índices de pobreza, en expectativas de vida, entre otros).

Los liberales de hoy somos herederos de unas banderas. Tal como lo dice el senador Luis Fernando Velasco “hay gente que cree que una bandera es simplemente un pedazo de tela, eso no es así. Una bandera tiene historia, tiene tradiciones. Esta bandera roja la defendieron nuestros mayores, luchando por los intereses de los sectores populares de nuestro país…por eso las banderas no se venden”.

Actualmente el partido pasa por una redefinición clave para su futuro. Aquel partido cuya lucha histórica fue la defensa de los sectores populares, de las minorías, y representó la fuerza progresista en nuestro país está “embolatado” en una red de pequeños intereses regionales, y desorientación tanto ideológica como programática. Hemos dejado de ser aquella fuerza transformadora…ya no somos como dicen nuestros estatutos “(…) el partido del pueblo, que tiene carácter pluralista y constituye una coalición de matices de izquierda democrática, cuya misión consiste en trabajar por resolver los problemas estructurales económicos, sociales, culturales y políticos, nacionales y regionales mediante la intervención del Estado”.

Hemos vendido y abandonado nuestras banderas históricas. Si queremos como partido volver a ganar el respaldo ciudadano, es decir, volver a ser alternativa de gobierno para desde el poder construir una Colombia más justa e igualitaria, entonces debemos asumir con coherencia nuestro legado histórico y defender con convicción lo que creemos.

No puede ser que el partido que dice defender y representar los derechos e intereses de las minorías y que dice defender un Estado laico respalde por activa o pasiva un referendo discriminatorio de una senadora liberal que pretende impedir, por una concepción religiosa, que parejas del mismo sexo o personas solteras puedan adoptar, desconociendo una sentencia del Tribunal Constitucional que les reconoce este derecho.

Es inadmisible que el partido que dice defender y representar los derechos e intereses de los sectores populares y de las clases medias vote mayoritariamente una reforma tributaria que aumentó el IVA, que redujo el umbral para declarantes del impuesto de renta, que le impuso nuevos impuestos a la gasolina (bien transversal que afecta el precio final de los demás bienes en el mercado), afectando negativamente el bolsillo de la gente más vulnerable.

No puede ser que una gran parte de los parlamentarios del partido que dice reivindicar lo público y la necesidad de que el Estado actué como agente regulador de la economía hayan votado a favor o se hayan abstenido de votar, por no quedar mal con el gobierno, la venta de la generadora de energía ISAGEN. O haciendo un paralelo y territorializando al partido, no puede ser que la bancada liberal del Concejo de Bogotá vote a favor de la privatización de la ETB (Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá).

No puede ser que el “partido del pueblo” sea un partido incapaz de renovar sus cuadros políticos, presentar nuevos perfiles de mujeres y hombres de toda la geografía nacional, jóvenes, negros, indígenas, comunidad LGBTI, a cargos de responsabilidad y de elección popular. Quizás por esto tal vez ya no somos mayoría en el Congreso de la República ni tenemos presidente desde 1994 con Ernesto Samper. Nuestro partido fue tomado por “dinastías políticas” dispuestas a perpetuarse a través de celebres apellidos, como los Gaviria, los Serpa, los Galán, los Turbay, los Lleras, los Samper y los Santos. Que han aportado a la construcción del partido y de Colombia pero que deben dar un paso al costado para que surjan nuevos liderazgos capaces de interpretar a la nueva Colombia. Sino dan ese paso, que seguro no lo darán, no hay otra opción para las fuerzas alternativas (regionales) que abrirse paso a través de elecciones, hasta ser mayoría y hacerse con el control del Partido Liberal.

El partido debe construir un relato político (a lo Uribe con su Seguridad Democrática) que lo posesione ante el electorado como una fuerza progresista capaz de transformar a Colombia, en este contexto, la construcción de la paz puede ser la piedra angular de esta apuesta.

El partido debe reafirmarse en su condición socialdemócrata y a partir de ello, debe hilar un programa acorde con su ideología y sus banderas históricas, nuestro derrotero debe ser...

“Respetar la libertad individual y ampliar los niveles de autonomía personal y de conseguir que las condiciones de partida sean lo más justas posibles. Debe civilizar el mercado para que se parezca más a su funcionamiento “ideal” y luchar para que haya una verdadera repartición de la riqueza (también debe generar las condiciones para que el país crezca y genere riqueza) y que esta no se vea afectada por monopolios privados. Debe promover instituciones que defienden a los individuos de los abusos del poderoso. Y debe luchar porque la igualdad y la justicia estén en el centro de la acción del Estado, y esto se concreta apoyando y focalizando el esfuerzo público en mejorar las condiciones de vida de los más humildes y de las clases medias (las grandes mayorías de nuestro país)”.1

Estas son algunas de mis opiniones sobre el estado actual del partido, hay muchos retos difíciles por asumir, pero como parte de esta generación de jóvenes liberales, creo que debemos darnos a la tarea de reflexionar para actuar, ayudar a transformar y modernizar a nuestro partido (y con él a la política colombiana), en sus cuadros, sus líneas ideológicas y su plan de gobierno…para hacer como dice el Senador Luis Fernando Velasco “reivindicar la historia de la bandera roja”, y llevar de nuevo a nuestro partido al gobierno para transformar a Colombia.

Notas
1. “La socialdemocracia no puede renunciar a su tradición liberal o asume formas no compatibles con las libertades individuales” tomado de: www.joserodriguez.info

viernes, 3 de febrero de 2017

San Pablo de La Mar. Reservorio para tiempos de paz

Por Luis Fernando Barón.1
Investigador y profesor, Universidad Icesi

- ¿Cómo está profe? Me preguntó Pachita por WhatsApp.
- Hola Pachita, que rico saber de ti. ¿Qué vientos te traen en este 2017? Pregunté.
- Estoy aquí en Cali con una matrona de San Pablo, un pueblo que nació para la paz. María se llama ella, y ahora quiere colgar una bocina en el árbol más antiguo de su pueblo para que en el post-acuerdo allí se siga viviendo en paz. Agregó con cierto picante, como para despertar mi curiosidad.
- Va pa´ esa. Le dije y luego pregunté ¿Dónde nos vemos? Yo puedo ir a Ciudad Córdoba, o ¿vienen Uds. a la Universidad? Lo que les resulté mejor.
- Nosotras vamos allá, y de paso le presento al poeta Romilio, que lo quiere conocer.

El jueves 26 de enero de 2017, acompañadas por un pegajoso calor de veranero, llegaron a Icesi Pachita, María (la matrona) y Romilio con más de 10 mujeres. Venían con sus sonrisas grandes, sus vestimentas coloridas y su siempre Pacífica amabilidad. Las acompañaba un joven acuerpado, con cachucha terciada, una de esas que usan los muchachos de hoy. Todos son oriundos de La Tola, San Pablo, y El Charco, Nariño.

Pronto conseguí una sala y nos sentamos a dialogar. Con versos, cantos, décimas y relatos se presentaron una a uno, al tiempo que contaban historias de ese Pacífico que sus mayores les han contado y les han hecho vivir desde temprana edad. Varias de las mujeres viven en esta zona del Pacífico nariñense, mientras otras se han acostumbrado a ir y venir hacia y desde Cali, Tumaco, Pasto, Buenaventura o Bogotá, por tiempos largos y cortos.

En la conversación, conocí fragmentos de la inspiradora historia de María Martina Castro, una matrona nacida a orillas del río Tapaje, Municipio de El Charco, que por los caprichos del destino llegó a San Pablo varias décadas atrás. Esta mujer fuerte, sabía y reconocida por su pueblo, afirma que vino al mundo “a dejar huellas […] no de las del hablar, sino de las del actuar”. Allí, en San Pablo, con la fuerza de un tornado y el apoyo de la comunidad, levantó una escuela, que más tarde se convirtió en colegio reconocido en la región por su calidad en la formación de jóvenes y niños, por la transparencia de su administración y su autonomía política y cultural. También construyó e instaló el Centro de Salud y la Farmacia Comunitaria. Sólo esta última, no se mantiene, porque “decidieron darle la administración una Junta, y esta la dejó quebrar en un par de meses”.

Con su voz y su canto, acompañada de la percusión que ella misma hacía con sus manos al acariciar la mesa de juntas, María nos hizo saber de un fenómeno excepcional de ese Pacífico que se resiste a cargar con los rastros y las heridas causadas por la acción de empresas extractivas; del conflicto armado; de los cultivos ilícitos, y de las minerías ilegales. Y con tono alto y seguro sentenció:

“San Pablo de la Mar se creó para la paz. En todo el tiempo que llevo allí no ha habido un solo muerto por el conflicto o las violencias […]. Sí, por allí pasaban los grupos armados, pero nunca dejamos que se quedaran”. Y, cuál fue el secreto, pregunté: “La fuerza de la comunidad. Su solidaridad, su tejido fuerte. La preocupación de los unos por los otros […]. Allí nunca faltó la comida. Quien sacaba plátanos, compartía sus plátanos. Lo mismo pasaba con los que traían conchas, o venían de pescar”.

Esta afirmación coincidía con las versiones y detalles de las mujeres y el par de hombres que estaban allí. Algunas habían sido estudiantes de la escuela de María, otras sabían de su existencia, porque ella, María Martina, como sus obras, se han convertido en leyenda en toda la región.

Después del encuentro fui a confirmar los datos que todos los asistentes a nuestra reunión presentaban con tanta certeza. Para ello acudí a información cuantitativa y cualitativa del Banco de Datos de Derechos Humanos de Cinep, Noche y Niebla.2 Y con María Alejandra, una de mis estudiantes, encontramos que San Pablo de la Mar hace parte del municipio de La Tola. Sin embargo, no hallamos registros de asesinatos o de hechos violentos en esta zona por más de una década. Pero sí encontramos datos de La Tola con información de un combate en 2002 entre la Policía y guerrilleros de las FARC, en el que resultaron heridos dos agentes de la Policía. Y también ubicamos el registro de un enfrentamiento entre el Ejército con el grupo paramilitar Las Águilas Negras en 2.007, hecho que según el Banco de Datos desató el desplazamiento masivo de unas 110 familias en la región.

Enseguida, Pachita, Francisca Castro, otra líder social del río Tapaje, mujer Pacífica, en el sentido más literal de esta palabra, y trabajadora del Instituto de Estudios Intercultarales de la Universidad Javeriana de Cali, tomó, no la palabra, sino el cantó y nos narró que las mujeres y hombres que estaban allí, incluyéndola a ella, eran testimonio vivo del recorrer de la Escuela Sé quién soy. Este es el nombre que han dado a un programa itinerante de identidad y cultura que se moviliza por los territorios del Pacífico desde hace más de 15 años. Así mujeres y hombres recorren el Pacífico con sus voces, sus saberes y sus principios políticos y culturales a todos los territorios donde las lleven sus iniciativas culturales, de paz, reconciliación y buena vida.

“Soy la Escuela Sé quién soy, donde voy me reconozco, donde voy yo soy historia, modelo para los otros. Luchamos por no perder los valores y las costumbres, porque el que no se reconoce, dentro de su potrillo3 se hunde”. Nos cantó Pachita.

También escuché las historias de varias de las asistentes que vinieron a Cali y a sus alrededores en busca de bienestar para sus familias y de una mejor educación para ellas, para poder servirle a su gente y luchar por su reconocimiento, por sus derechos y sus culturas. Además escuché la historia de Neila Cuevas, quien tuvo que dejar su trabajo de maestra para venir a batallar con un cáncer de seno, y a exigir su derecho no sólo a la salud, sino a una buena atención, pues en los últimos meses, además de lidiar con su enfermedad lucha contra las acciones de médicos que han dejaron en sus cuerpo los rastros de diagnósticos y prácticas equivocadas. El joven de cachucha retorcida, es su hijo, Jorge Fabián, quien se “auto-invitó” a la reunión, pues quería ver si en Icesi podía estudiar Inglés, su segunda pasión después del baile de salsa.

Además escuché con sinsabor las historias de sobrevivencia de Romilio Cadena, poeta, maestro rural, de la zona de El Charco, quien no corrió con la misma suerte que han tenido los Sanpableños, y tuvo que salir de esa región para recuperar la vida, que casi le quitan las violencias y las rencillas cotidianas, que de pronto empezaron a hacer parte de la vida diaria de su municipio. En su relato apareció también “Apocalipsis del Ecosistema”, poema que con dolor escribió al comprobar los resultados de las fumigaciones aéreas con glifosato en su territorio, como parte de la política antinarcóticos en Colombia. Este es un fragmento de sus décimas:

El Pacífico costero
era el último pulmón
que le quedaba a la tierra,
para la oxigenación.

Colombia estaba orgullosa,
por su riqueza ambiental,
variedad biodiversal
de la fauna y flora hermosa
que contemplaba dichosa
reliquia del mundo entero,
que por celos extranjeros
el aire están fumigando
sin piedad están acabando
al Pacífico costero.

Ni que decir de la historia de Francelina Carabalí, que lo deja a uno sin palabras y lo hace contener las lágrimas, o de tristeza o de admiración. Ella cuenta que tuvo que levantarse del dolor producido por la muerte de su querido esposo, primer líder comunitario asesinado en el municipio de El Charco, a comienzos del año 2.000. En ese tiempo llegaron los primeros grupos paramilitares a la región a disputar el orden territorial que desde hacía varios años tenían algunos frentes de las FARC y del ELN. Fue Francelina la que bautizó a San Pablo, como reservorio de paz, y la que además puso a soñar al grupo en expediciones por todo el Pacífico para buscar, para reconocer, otros reservorios como este que sirvan de referente para los retos que Colombia y sus regiones están enfrentando con los cambios producidos por los recientes procesos de diálogo y negociación con los grupos subversivos.

María Martina, la matrona, ha dejado una urna de cartón en esta y otras universidades. También las ha dejado en otras organizaciones y comunidades de Cali. En estas urnas está recogiendo dinero y aportes para la bocina, los cables, los micrófonos y los equipos básicos que necesita para echar a andar esta, su nueva travesía.

Con la bocina colgada de ese árbol de Mamey, el más antiguo del pueblo, ella acompañará las mañanas de su gente, cuando salgan a pescar, a estudiar, a trabajar o a cultivar la tierra. También los recibirá en las tardes cuando todos regresan de sus labores y actividades diarias. Mañana y tarde durante toda la semana, ella, el árbol iniciará dando gracias a Dios por la paz y la vida en el Pacífico. Enseguida, ella, el árbol, hará reflexiones, compartirá historias, enseñanzas y textos sabios que promuevan y fortalezcan la vida comunitaria. Pero no lo piensa hacer sola, porque ella sabe por su propia historia que los proyectos funcionan “solamente cuando se hacen junto a la comunidad”. Por eso, esta iniciativa contará con el apoyo de mujeres y hombres de Cali, de Pasto, de Tumaco y de Bogotá. Pero, su objetivo primordial está puesto en aquello que tiene más experiencia: trabajar con niños y jóvenes de San Pablo de la Mar, con los que nacieron y crecieron allí, y con los que están llegando después de la firma del pacto con las FARC, porque su nueva meta es que todos ellos puedan aprender, vivir y experimentar la fortuna que ha tenido este territorio de paz.

Notas
1. Agradezco mucho a los hombres y mujeres del Pacífico que se reunieron con nosotros la semana pasada por sus historias, su escucha y sus sugerencias. También agradezco a María Alejandra López, estudiante de Administración de Icesi quien me ayudó a verificar datos cuantitativos sobre los hechos violentos en el Pacífico Colombiano.

2. Se trata de una base de datos elaborada por el proyecto Análisis de la Participación Política en Escenarios de Conflicto 1997-2014, que usa información de la Revista Noche y Niebla de CINEP. El proyecto en mención definió 19 categorías para identificar la intensidad y tipología del conflicto en los 41 municipios que tienen jurisdicción administrativa en el litoral Pacífico.

3. Potrillo es una barca pequeña, usada como medio de transporte en los ríos. A veces caben 5 o 6, a veces caben 10. De más de 10 ya es canoa, pequeña.

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