lunes, 12 de marzo de 2012

Interés general

Por Fransisco Santos (El Colombiano).
Domingo 11 Marzo 2012

Fransisco Santos: Interés generalParto de un presupuesto: una democracia plena es la que protege a las minorías y a los más débiles miembros de una sociedad.

Alexis de Tocqueville , en La Democracia en América (1835), veía como una de las grandes amenazas a este sistema político, lo que denominó "la tiranía de las mayorías".

Es más, el derecho moderno y las cortes constitucionales, de gran activismo en las últimas décadas, enfatizan el derecho del individuo y de las minorías, y la garantía del Estado a estas, incluso, por encima de los deberes ciudadanos o de los derechos de las mayorías.

¿A qué viene esto? Pues a que el equilibrio entre el interés general y el individual parece estar hoy en nuestro país en una lucha que puede desembocar en errores inmensos, de grandes consecuencias para el país.

Tres ejemplos: las represas Porce IV y el Quimbo, las protestas de Transmilenio en Bogotá y las obras de infraestructura vial.

En cada uno de estos casos, el interés general queda a merced del particular.

Las dos represas tienen problemas. Porce IV se frenó. En unos casos por un supuesto detrimento ambiental que cualquier juez interpreta a su arbitrio y, en otros, por invasiones organizadas de avivatos que pretenden que el Estado les restablezca un derecho que no tienen, y que un juez igual decide sin mayores elementos de juicio que sí.

En Transmilenio, una justa protesta usurpa calles y modo de transporte de cientos de miles de ciudadanos y los protestantes se quejan cuando la Policía trata de restablecer el orden.

Es más, escuché a un joven decir que si la negociación no es en la calle (por encima del derecho del resto de ciudadanos) no levantan la protesta.

Y las obras viales en las ciudades y campos del país llenos de muelas por cuenta de avivatos que, muchas veces sin pagar ni siquiera impuestos, quieren el oro y el moro por su pedazo de tierra.

En Colombia, la mezcla de abusos por parte del Estado (por acción u omisión), la ausencia de autoridad y reglas claras de juego y, además, de un árbitro que de manera pronta y lógica resuelva esos diferendos nos está llevando a que la vía de hecho sea la alternativa.

Unos pocos se toman la representatividad de todos, bloquean o irrumpen y quedan de voceros muchas veces con complicidad de los medios, que les otorgan legitimidad.

En Francia, si se va a expropiar le pagan al ciudadano el monto por el que paga impuestos. Acá eso sería visto como un abuso o un atropello.

Acá se toman predios, universidades, calles y destruyen inmuebles y no hay sanción judicial o social. No se trata de que no protesten, pero no usurpando el derecho del otro ciudadano. La protesta debe llegar hasta donde comienza el derecho del otro.

Una Colombia con apagones, una Colombia con inmensa riqueza enterrada (o en manos de ilegales) mientras abunda la pobreza, una Colombia sin las vías que el desarrollo necesita, una Colombia sin el modelo más innovador de transporte urbano, hoy ejemplo en el mundo a pesar de los problemas, es lo que vamos a tener si no recuperamos el principio de autoridad, que de nuevo se está perdiendo.

1 comentario:

Yiseth Trujillo dijo...

Pensar la democracia no pasa por el ejercicio de nombrar las minorías, sino reconocerlas a través de la materialización de sus derechos.
Más que pensar en una idea de democracia plena, es necesario comprender de qué forma el ejercicio de la democracia se ha construido hasta la actualidad, configurando el estado moderno colombiano cuya identidad y sentido de unidad se encuentran fragmentados.
Aunque el artículo desarrolla una crítica entorno a los problemas de gobernabilidad del estado colombiano en términos de creación de “vías de hecho” para la resolución de problemas y su incapacidad para operar como arbitro de las demandas de la sociedad civil. Propone una lectura contradictoria con respecto al papel de las “minorías”.
A partir de la idea de la “tiranía de las mayorías” Francisco Santos expone el papel revolucionario de los sectores minoritarios; pero al mismo tiempo reprime y censura el poder de agencia de estos actores “alternos” al considerar “ilógicas” las protestas como vías de acción colectiva. Así, Santos da cuenta de movilizaciones como las de Transmilenio en Bogotá, como un espacio donde opera “la representatividad de unos pocos”, la cual se encuentra legitimada por la complicidad de los medios.
Francisco Santos propone que la protesta debe llegar hasta donde llegan los derechos del otro. En este sentido resulta relevante pensar que Colombia, como estado nación, ha generado una estructura ineficiente para leer la figura de los otros, en sus diferencias y similitudes.
Resulta coherente pensar la acción de las “minorías” como expresión de una historia de sucesos que preceden a la explosión de la movilización en sí misma (como en situaciones como las que cita Santos: protestas, marchas turbulentas). Las “minorías” aparecen como agentes con poder de cambio pero con voces silenciadas.
De modo que la única vía para expresar otras formas de actuar y pensar sobre el mundo se encontrará en vías no institucionales desde las cuales se cuenta con mayores probabilidades de generar cambio a partir de las demandas sociales.
Entonces, la particularidad, identidad y diferencia se hacen en un espacio sin límites, un campo vacío; inobservable e irrespetable, no porque la gente no tenga la intención de respetarlo, simplemente, no existe tal realidad propia de las “minorías” en un sistema que no les da cabida. Hablar entonces de un equilibrio entre intereses generales y particulares, resulta absurdo cuando la particularidad sólo existe “en teoría”.
Por otra parte, espacios de acción colectiva como la protesta han sido sujetos de una lectura negativa viciada. Comprender la protesta no pasa sólo por percibir las consecuencias o aspectos negativos que ésta articula, sino que es necesario comprender el trasfondo histórico del cual deviene la movilización social que motiva el comportamiento en masa.
Y desde allí, empezar a releer las “vías de hecho” de las cuales habla Santos con el fin de comprender la manera como resolvemos nuestros conflictos. Así, Colombia como estado nación es caracterizado por Santos en “El Colombiano” como un estado con capacidad limitada de articular y responder a las demandas de la sociedad civil. Las marchas y acciones (violentas o no) dan cuenta de una expresión de un conflicto sellado por mucho tiempo, un mensaje que todos conocen, pocos pueden cambiar, pero casi todos leer; la expresión de la voz de injusticias sociales que han llenado y sobrecargado la vida nacional y global.

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