lunes, 27 de febrero de 2012

¿Estudias o trabajas?

Por Piedad Bonnett (El Espectador).
Domingo 26 Febrero 2012

Piedad Bonnett: ¿Estudias o trabajas?"Yo tuve veinte años —escribió el escritor y filósofo francés Paul Nizán— y no dejaría que nadie dijera que esa es la edad más bella de la vida”.

Entiendo sus palabras, que parecieran contradecir el lugar común, pues a esa edad o un poco antes la sociedad le hace al muchacho una pregunta definitiva, que es recibida casi siempre con incertidumbre: ¿qué vas a hacer? O peor aún: ¿qué vas a ser? Se ha llegado a la edad de las definiciones.

Sobra decir que muchísimos jóvenes no tienen opción y se dedican al “rebusque” o a hacer aquello a lo que su circunstancia los condena: los trabajos más duros, los mismos que hicieron sus padres y sus abuelos. Nos duelen esos jóvenes, pero también, y tal vez más, los que aspirando a superar con estudio la condición en que se criaron, se estrellan con un mundo que les hace muy difícil la tarea. Puede ser el caso de Wilson, hijo de un fontanero, que sabe dibujar y querría ser diseñador o arquitecto, pero que no pasa en ninguna universidad porque su escuela no lo preparó bien y debe resignarse, por ahora, con ayudarle a su padre. O de Mabel, que cursó Sistemas en un instituto dudoso, el único que pudo pagar, y cansada de pasar hojas de vida sin ningún resultado se rinde a ser empacadora en un gran almacén de cadena mientras “algo sale”. Pero también está Andrés, egresado de biología de una universidad de prestigio, que con un préstamo hizo en el exterior una maestría y un doctorado y cuando llega al país se encuentra con que no hay sino ocasionales trabajos free-lance que no le permiten ni siquiera cancelar la deuda. “Si no encuentras trabajo, haz otra maestría”, trinaba alguien hace poco. Y es que, según la Cepal, Colombia tiene uno de los índices más elevados de desempleo juvenil en América Latina. La rabia, la desesperanza, el resentimiento, son sentimientos que necesariamente afloran en los jóvenes que ven truncadas una y otra vez sus expectativas de estudio y trabajo.

En un país donde una buena cantidad de gente se enriquece a través de la corrupción, el narcotráfico y el contrabando, elevar el nivel educativo de sus jóvenes y ayudarlos a entrar en el mercado tendría que ser una prioridad del Estado. Pero la señal que éste manda no es nada buena. Según el Observatorio Laboral para la Educación, mientras un ingeniero de petróleos o un geólogo recién graduado gana, en estos tiempos deslumbrados por la locomotora minera, seis o siete veces el salario mínimo, los profesores siguen siendo los trabajadores peor pagados. Más aún si son maestros de preescolar o de lengua castellana y literatura, pues su sueldo no llega siquiera a los $900.000 pesos. Eso hace que la delicadísima tarea de educar a nuestros niños esté en manos o de unos pocos apasionados o de los que no pasaron en otras carreras, como me confesaba un estudiante de educación hace poco. No nos extrañe, pues, que estemos en la cola de las pruebas internacionales de matemáticas y lenguaje, que nuestros adolescentes salgan de la escuela sin comprender lo que leen y sin poder escribir correctamente un párrafo y que ser maestro sea la última opción que un muchacho contemple.

En medio de este desolador panorama leo dos noticias alentadoras: que Colfuturo formará con recursos de las regalías a 50 profesionales de lugares con pocos doctores como Chocó o La Guajira, y que la ONG Enseña por Colombia acaba de seleccionar a un grupo de recién egresados destacados para que enseñen por dos años en colegios con población vulnerable. Dos iniciativas pequeñas pero esperanzadoras, siempre y cuando los profesionales tengan luego buenas propuestas de trabajo en sus regiones y el de la ONG sea un proyecto de largo aliento y en continua expansión.

1 comentario:

Juliana Caycedo (comentario final y corregido) dijo...

La Sra. Bonett con este artículo nos está mostrando nada más y nada menos que dos sucesos que en conjunto están ligados a varios procesos sociales de la cruda realidad colombiana.
Empezando por la primera problemática es la crisis en la educación a rasgos generales, ligado a procesos como la gran deserción escolar –en primaria y secundaria- y a la poca oportunidad de ingreso a estudios de nivel superior para personas de bajos recursos. La otra gran problemática que observamos es el difícil acceso a un empleo formal, asociado al problema -una de las mayores proezas del empleo actual- de pedir cada vez más requisitos hasta para el más pequeño trabajo.
Haciendo uso de la idea de que “el empleo es lo que uno es y no lo que se tiene o se hace” y viendo el papel tan importante que tiene el trabajo como formador de una identidad, la autora rescata el problema de la educación y el acceso laboral, y hace un llamado de atención a los jóvenes que se encuentran en la edad de veinte años, que están en la etapa definitoria de lo que quieren ser y hacer.
De forma reiterativa vemos cómo niños y jóvenes en caso de vulnerabilidad y desigualdad social no tiene la oportunidad de siquiera acceder a una educación primaria, ya sea por ser parte de la población de bajos recursos, por hacer parte de estas grandes masas que migran –muchas veces de forma forzosa- del campo a la ciudad, por no tener un buen ejemplo a seguir, o simplemente porque ven en las calles una mejor oportunidad en el rebusque. Aquellos que logran superar sus estudios bachiller y llegar a realizar un pregrado/postgrado, se ven en la penosa tarea de aceptar cualquier trabajo mientras encuentran uno mejor, y para esos que por alguna mala jugada del destino no llenan los requisitos –a pesar de sus estudios- son lo que se deben conformar con “los trabajos más duros, los mismos que hicieron sus padres y sus abuelos, como el caso de Wilson, hijo de un fontanero, que sabe dibujar y querría ser diseñador o arquitecto, pero que no pasa en ninguna universidad porque su escuela no lo preparó bien y debe resignarse, por ahora, con ayudarle a su padre.
El mercado laboral cada vez se pone más difícil, se exigen más requisitos, mas títulos “con apellidos” y muchas veces la única forma de acceder a un “buen” trabajo es haciendo uso de las famosas “palancas”. Yo también tengo veinte años y he me visto coaccionada por clasificados donde “se busca un empleado” pero de sopetón limitan a jóvenes emprendedores que no poseen como mínimo un año de experiencia. Caemos en la pregunta que todo joven se hace al buscar su primer empleo: Si las empresas buscan empleados como mínimo un año de experiencia y no he podido obtener mi primera experiencia laboral ¿Cómo resuelvo eso?
El siguiente comentario no es parte de la discusión que propone la autora, pero creo que vale la pena que el lector también se pregunte acerca del por qué en Colombia se valora más aquello que proviene del extranjero, en este caso seria los estudios en el exterior. Menospreciamos en gran medida lo nacional y abrimos nuestros brazos a todo aquello que viene de afuera. Y aun así la exigencia de múltiples títulos también aplica para los nacionales con estudios en el extranjero.
Finalizando diré que las propuestas acerca de la ayuda que está prestando Colfuturo y la ONG Enseña por Colombia, descritas por la Sra. Bonnet son buenas y son un respiro para este ámbito tan desolador, pero haciendo una crítica a la ingenuidad de su apreciación, preguntaría ¿De qué sirve tener mayor cobertura en la educación, si el gobierno no amplia el margen laboral para los jóvenes que se están graduando ahora?

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